Hubo un tiempo en el que Necaxa tenía representación en la élite del futbol internacional, con jugadores capaces de dar el salto al escenario más grande del planeta. Desde Uruguay 1930, con la participación de José Ruiz y Jesús Castro; en la primer Copa del Mundo de la historia.
Pasando por Mario Velarde y Alberto Baeza en Chile 62, cuando México consiguió su primera victoria, derrotando 3-1 a Checoslovaquia. Ni qué decir de USA 94’ con Nacho Ambriz y Alberto García Aspe, o Francia 98’ con la delantera histórica de Luis Hernández y Cuauhtémoc Blanco, dirigidos por Manuel Lapuente.
Hoy, esa realidad luce lejana, marcada por una ausencia que ya supera las dos décadas. El último futbolista de los Rayos en disputar una Copa del Mundo fue Braulio Luna, quien formó parte de la Selección Mexicana en la Copa Mundial de la FIFA Corea-Japón 2002 mientras militaba en Necaxa.

El mediocampista llegó al club en ese mismo año y, bajo el mando de Javier Aguirre, logró mantenerse como una pieza confiable en el mediocampo tricolor. Su experiencia no era menor, ya que también había participado en el Mundial de Francia 1998, consolidándose como un jugador con recorrido internacional.

En Corea-Japón 2002, México alcanzó los Octavos de Final, con Luna aportando equilibrio, dinámica y oficio en el centro del campo. Aquella generación todavía reflejaba a un Necaxa competitivo, con presencia en selecciones y protagonismo dentro del futbol mexicano.
Desde entonces, ningún jugador del club ha vuelto a disputar una Copa del Mundo mientras viste la camiseta rojiblanca, un dato que evidencia los altibajos deportivos que ha atravesado la institución en los últimos años.
En plena antesala del Mundial de 2026, la sequía continúa. El recuerdo de Braulio Luna no solo funciona como referencia histórica, sino como contraste de lo que fue Necaxa en otra época… y lo que aún está lejos de recuperar.
