El cierre del Clausura 2026 fue una auténtica pesadilla para Necaxa. En su regreso al Estadio Azteca, los Rayos fueron exhibidos por Cruz Azul con un contundente 4-1 que no solo marcó el final del torneo, sino que desató la frustración total de una afición que ya no encuentra respuestas en su equipo.
El partido arrancó con un primer tiempo gris, sin ideas claras de ambos lados. Incluso, por momentos, Necaxa logró incomodar con contragolpes, pero sin contundencia ni claridad. Todo se rompió en el complemento, cuando los errores, la fragilidad defensiva y la falta de carácter terminaron por condenar a los dirigidos por Martín Varini.
La historia tuvo tintes crueles. Dos ex necaxistas, José Paradela y Agustín Palavecino, “La Doble P”, fueron los encargados de encaminar la goleada. Primero, Paradela apareció al 52’ para empujar un centro y abrir el marcador. Después, Palavecino firmó el 2-0 con un disparo que contó con la complicidad de Ezequiel Unsain, reflejo de una noche para el olvido del arquero.
Necaxa encontró un breve respiro con el penal convertido por Ricardo Monreal al 71’, e instantes después Javier Ruiz pudo empatar el partido con gran jugada individual que pegó en el poste, pero fue solo un espejismo.
Apenas unos minutos después, el equipo se desplomó por completo. Emilio Lara, con apenas instantes en la cancha, se hizo expulsar tras cortar una jugada manifiesta de gol, dejando a su equipo sin posibilidad de reacción.
A partir de ahí, todo fue un desastre. Luka Romero marcó el 3-1 en el tiro libre derivado de la expulsión, nuevamente con responsabilidad de Unsain, y en el tiempo agregado, Andrés Montaño selló la goleada con un desvío que terminó por humillar a una defensa completamente descompuesta.
Más allá del marcador, lo preocupante es la imagen. Un equipo sin orden, sin carácter y sin rumbo en el momento más importante. Necaxa no solo perdió un partido, confirmó un torneo lleno de inconsistencias, decisiones cuestionables y un funcionamiento que nunca terminó por consolidarse.
El silbatazo final no solo marcó el final del encuentro, también dejó una sensación clara: este proyecto está roto: ¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!
